Jaime Zapata, pintar para entender la vida
Jaime Zapata encuentra en la figura humana, la memoria y sus experiencias una forma de entender la vida y continuar creando después de décadas de trayectoria.
GENTE QUE INSPIRA
8/13/20263 min leer
En una antigua fábrica de fideos de San Marcos, hoy convertida en su casa, taller y museo, Jaime Zapata camina entre cuadros, bocetos y recuerdos de una ciudad que no deja de aparecer en su obra. El espacio, ubicado en pleno Centro Histórico de Quito, reúne parte de su trabajo y también funciona como una extensión de su propia historia.
Desde allí habla de Chimbacalle, de las iglesias a las que iba con su abuela, de las fiestas populares y de un Quito que continúa viviendo en su memoria. Ese vínculo con la ciudad comenzó mucho antes de que supiera que sería pintor. Zapata recuerda una infancia libre, marcada por el juego, la curiosidad y una vida de barrio cercana a tradiciones como los años viejos, el carnaval o las fiestas de Quito. Creció en una familia de clase media, lejos de un ambiente especializado en arte, pero observando desde joven a referentes como Diógenes Paredes, Camilo Egas y Oswaldo Guayasamín.
Salir para aprender
Antes de establecerse en Europa, Zapata viajó por distintos países buscando experiencias que ampliaran su formación. Pasó por Chile, México, España y Estados Unidos. Su intención era estudiar pintura académica y encontrar espacios donde pudiera profundizar en la figura humana y en las técnicas tradicionales que le interesaban.
Francia no estaba previsto como destino definitivo. Llegó invitado por apenas quince días y terminó construyendo allí buena parte de su vida. Se quedó visitando museos, aprendiendo el idioma y conociendo una realidad distinta a la suya. Lo que comenzó como un viaje corto terminó convirtiéndose en cerca de cuatro décadas de vínculo con el país europeo.
“Somos muy frágiles y tenemos un tiempo para vivir y hacer cosas”.
Uno de los episodios más decisivos de su vida ocurrió mucho antes. A los 15 años, una tragedia familiar lo enfrentó de forma abrupta con la muerte y con la fragilidad de la vida. Desde entonces, su preocupación comenzó a concentrarse en observar al ser humano, sus emociones, su cuerpo, sus dolores y sus transformaciones.
La figura humana
Esa mirada ayuda a comprender por qué la figura humana ocupa un lugar central en su obra y explica también la presencia constante de las mujeres. Sus primeros modelos estuvieron dentro de casa: dibujó a su abuela, después a su madre, a su esposa y a otras personas cercanas.
No fue una decisión calculada para construir una identidad artística, sino algo que apareció naturalmente hasta convertirse en una característica reconocible de su trabajo. Para Zapata, observar al otro también implica mirarse a sí mismo. El cuerpo no aparece simplemente como un ejercicio técnico, sino como una herramienta para hablar de experiencias universales como la vulnerabilidad, el afecto, la pérdida, el paso del tiempo y la necesidad de comprender a quienes nos rodean.
Seguir siendo curioso
Durante su carrera decidió permanecer ligado al dibujo, al óleo y a la pintura figurativa incluso mientras aparecían nuevos lenguajes y tendencias dentro del mundo artístico. Para él, esa permanencia no significa rechazar la transformación. Parte de una convicción: las formas fundamentales del arte continúan existiendo porque responden a una necesidad cultural y humana que no desaparece con las tendencias.
Esa fidelidad también explica por qué su casa, taller y museo tiene un significado especial. No es únicamente un sitio para producir obras, sino un espacio donde conviven su trayectoria, sus referencias, su vida diaria y una forma de entender el oficio que ha sostenido durante décadas.
“Para mí hacer arte es seguir no tomándose tan en serio la vida, sino tratar de ser feliz”.
Hay algo del niño de Chimbacalle que todavía permanece intacto. Zapata recuerda que pasó buena parte de su infancia jugando, explorando y buscando nuevas experiencias. Hoy reconoce esa misma curiosidad en su interés por la política, la historia, los países, las culturas y las personas. Pintar continúa siendo para él una manera de jugar y descubrir.
En su antigua fábrica de San Marcos, convertida ahora en hogar, taller y museo, Jaime Zapata continúa haciendo lo mismo que aquel niño curioso de Chimbacalle: mirar, descubrir y encontrar nuevas razones para seguir creando.
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