Fiesta del Yamor: cosecha, memoria e identidad en Otavalo

Más que una celebración de septiembre, el Yamor reúne maíz, memoria familiar, devoción y una identidad otavaleña construida por capas.

RUTAS 593

9/1/20263 min leer

En Otavalo, el Yamor se entiende mejor cuando se mira más allá de los escenarios y los desfiles. Su centro está en algo más cotidiano y profundo: el maíz. En sus granos, en la chicha que lleva el nombre de la fiesta y en las recetas de temporada se cruzan agricultura, memoria, religiosidad y una manera de reconocerse como comunidad.

El maíz como punto de partida

La relación entre el Yamor y el maíz no es solo gastronómica. Investigaciones sobre la alimentación tradicional del pueblo Kichwa Otavalo sitúan a este cereal como uno de los ejes de su cocina y reconocen en la chicha del Yamor un valor social, cultural y ritual. La celebración también conserva una asociación con la cosecha y el agradecimiento por los productos de la tierra.

Eso no significa que septiembre marque de manera uniforme el final de todos los ciclos agrícolas. Estos cambian según comunidades, alturas y cultivos. Lo que sí permanece es la cosecha como una de las imágenes culturales que sostienen la fiesta.

Una bebida con memoria antigua

La palabra Yamor aparece mucho antes que la celebración actual. Documentación histórica relacionada con las crónicas andinas recoge una bebida llamada “yamor aca” o “yamor toctoy asua”, vinculada a usos especiales en el mundo inca. Ese antecedente permite hablar de una memoria prehispánica de la bebida, pero no de una Fiesta del Yamor milenaria celebrada de forma ininterrumpida en Otavalo.

La distinción importa. La cronología local sitúa en 1949 el primer uso documentado de la expresión “Fiesta del Yamor” para dos actos sociales organizados por estudiantes otavaleños. En 1953 adquirió una estructura más definida; en 1967 se amplió hacia las calles y buscó una participación más ciudadana e intercultural; y desde la década de 1970 recibió mayor respaldo municipal.

Así, el Yamor contemporáneo no es una tradición congelada, sino una celebración formada por prácticas antiguas, devociones, costumbres urbanas y nuevas formas de representar a Otavalo.

"El Yamor actual no es una fiesta milenaria intacta: es una celebración contemporánea que recoge memorias agrícolas, una bebida de antecedentes prehispánicos y tradiciones construidas durante generaciones".

Monserrat: granos y devoción

Otra de esas capas pasa por Monserrat. Antes de que la Fiesta del Yamor tomara su forma actual, el barrio ya celebraba a la Virgen de Monserrat y servía Yamor entre sus preparaciones tradicionales. La Gruta de Monserrat, además, ha sido descrita como un antiguo espacio ceremonial asociado al agua que con el tiempo adquirió significado cristiano.

En la celebración contemporánea, esa convivencia se expresa en la bendición de los granos y en los actos religiosos dedicados a la Virgen. Allí se encuentran la gratitud por lo que produce la tierra, la devoción católica y la memoria comunitaria.

Por eso resulta insuficiente reducir el Yamor a una fiesta únicamente indígena o únicamente mestiza. Las fuentes municipales la describen como una celebración sincrética, indígena y mestiza, propia de una ciudad intercultural. La identidad otavaleña aparece como algo vivo: se reconoce en la lengua, los tejidos, la vestimenta y la cosmovisión Kichwa, pero también en formas urbanas y mestizas incorporadas durante el último siglo.

Una receta que guarda saberes

La chicha del Yamor condensa buena parte de esa historia. Su preparación tradicional combina maíz blanco, amarillo y negro, además de chulpi, canguil, morocho y jora. Esta última corresponde a maíz germinado, por lo que resulta más preciso hablar de siete componentes utilizados tradicionalmente y no de siete variedades botánicas.

El proceso exige tiempo: selección, germinación y secado cuando corresponde, molienda, cocción prolongada, cernido y fermentación. Investigaciones de la Universidad Técnica del Norte han documentado utensilios como barriles de roble, cucharas de madera, cedazos, tulpa y estera. Más que una receta, la preparación revela conocimientos que sobreviven mediante la práctica y la transmisión entre generaciones.

La memoria del Yamor también se come. Durante agosto y septiembre, distintas familias otavaleñas mantienen preparaciones asociadas a la temporada. El plato tradicional reúne fritada, mote, tortillas de papa, tostado y empanadas, acompañado por la chicha. Una mesa servida puede guardar tanta historia como un acto público.

"En el Yamor, la memoria no solo se cuenta: se muele, se cocina, se fermenta y se sirve a la mesa".

Una fiesta que se transforma

Con el paso de las décadas, el Yamor incorporó pregones, comparsas, música, danza, ferias, encuentros populares y actividades deportivas. La Travesía Natatoria al Lago San Pablo se convirtió en una de sus expresiones reconocibles. Esa expansión ayudó a transformar la celebración en un símbolo público de la ciudad, pero también abrió una pregunta: cómo crecer sin vaciar de contenido aquello que se celebra.

La historia del Yamor demuestra que la identidad nunca ha sido estática. Lo agrícola convive con lo religioso, lo Kichwa con lo mestizo, lo familiar con lo público y la memoria con el espectáculo contemporáneo.

Acercarse al Yamor solo como una agenda de actividades deja fuera su dimensión más interesante. La fiesta también puede leerse como un archivo colectivo: en el maíz están los ciclos de la tierra; en la chicha, técnicas y saberes transmitidos; en Monserrat, la superposición de creencias; en la mesa, la memoria familiar; y en las calles, una ciudad que vuelve a preguntarse qué significa ser otavaleña.