Carolina Hernández, una mirada propia
Dejó el ejercicio del Derecho para estudiar cine en Buenos Aires. Carolina Hernández ha construido su mirada como directora entre rodajes, trabajos paralelos y proyectos propios, con el interés de contar historias cercanas a su experiencia ecuatoriana.
GENTE QUE INSPIRA
Periodista Andrés Martinez
11/1/20264 min leer
Carolina Hernández había terminado Derecho y llevaba un año y medio trabajando como abogada cuando llegó a un empleo que otros habrían celebrado: el área jurídica de un banco. La oportunidad le permitía avanzar, pero confirmó que no disfrutaba ese camino. Pasar antes por una fiduciaria y luego por el banco la llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida: irse a Buenos Aires a estudiar cine.
De niña, en el pueblo donde creció, veía películas como una ventana a otros lugares y vidas. También le gustaba escribir, aunque no imaginaba esas inquietudes como un oficio. El cine no se presentaba como una profesión cercana o viable en su entorno. Tardó en imaginar que aquello podía convertirse en trabajo.
En Buenos Aires encontró algo decisivo: clases y profesores que mostraban el audiovisual como una profesión posible. Recuerda esa etapa como una de las más felices: escribir y crear eran, por fin, el centro de sus estudios. Más tarde descubriría lo difícil que era vivir del cine, pero ya había encontrado el camino que quería intentar.
Aprender el oficio y confiar en su voz
Presentó un cortometraje realizado en la universidad a un programa de desarrollo cinematográfico en Buenos Aires y fue seleccionada. La selección le confirmó que su mirada podía interesar a otros. No aseguraba una carrera, pero demostraba que valía la pena intentarlo. Esa convicción explica por qué hoy anima a otros realizadores a presentarse a laboratorios de guion.
Trabajar como ayudante de dirección le enseñó otra parte del oficio. Debía contribuir a organizar el rodaje y facilitar el trabajo de quien llevaba la dirección creativa, mientras observaba a profesionales más experimentados. Descubrió que también ellos dudaban, pedían tiempo para pensar y consultaban a sus equipos. Aprendió que liderar no obliga a saberlo todo: es posible escuchar distintas opiniones y, aun así, asumir la responsabilidad de decidir.
“No siempre tienes que saberlo todo”.
Mientras construía esa trayectoria, necesitó sostenerse económicamente. Combinó proyectos como ayudante de dirección con trabajos de publicidad y largometrajes; también ha impartido clases de guion y trabajado en eventos y conciertos. Esos trabajos le han permitido continuar mientras sus proyectos personales avanzan a otro ritmo. Así aprendió a sostener una vocación sin desatender la vida cotidiana.
Volver a mirar lo cercano
Vivir en España no borró su vínculo con Ecuador. Creció en el país, mantiene aquí a su familia y regresa con frecuencia. Aunque también le interesan historias situadas en España, sigue pensando en proyectos que transcurren en Ecuador. Quiere que los espectadores ecuatorianos puedan reconocerse en la pantalla y que esas historias lleguen también más allá del país.
De allí surge una aspiración concreta: que una niña de un pueblo ecuatoriano pueda emocionarse con personajes y situaciones parecidos a los suyos, no solo con historias filmadas lejos. Hernández disfruta el cine extranjero, pero eso no significa que quiera imitarlo. Con los años aprendió a distinguir entre las películas que le gusta ver y aquellas que podría contar con honestidad desde su propia experiencia.
Al comenzar, la atraían estilos del cine ruso y europeo y pensaba que podría hacer algo semejante. Después entendió que los lugares donde creció, sus recuerdos y su entorno ofrecían una materia distinta. Ahora distingue mejor la inspiración de la imitación, y el deseo de crear de los tiempos reales de producción. Esa conciencia no ha eliminado sus dudas, pero le ha dado herramientas para decidir qué cine quiere hacer.
Una película dentro de un camino más largo
Su primer largometraje, El niño probeta, condensó años de esa espera. Durante cerca de una década, Hernández hizo cortometrajes para continuar dirigiendo y practicar recursos que necesitaría cuando el proyecto avanzara. Hubo momentos en que dudó de que la película llegara a realizarse. Reunir el financiamiento exigía presentarse a distintas convocatorias públicas; el proyecto obtuvo apoyos en Ecuador y Perú. Aun con esos respaldos, la paciencia se volvió parte del proceso.
En el rodaje encontró otro desafío. Había un equipo numeroso, actores de distintas edades, niños y animales. Algunas escenas familiares reunían a numerosos intérpretes y se filmaban hasta la madrugada por las condiciones de luz. El cansancio y el frío hacían más difícil repetir tomas y mantener el ánimo del equipo. Debía decidir incluso con dudas. También vivió lo que más disfruta del trabajo con actores: ver cómo una escena cambia cuando ellos hacen suyo al personaje y aportan algo inesperado.
El cine que todavía quiere hacer
No busca elegir entre cine de autor y cine popular. Quiere contar historias con una mirada personal que también conecten con quienes no frecuentan festivales ni se consideran cinéfilos. Piensa en sus padres, sus hermanas, sus amigas: gente con la que quiere compartir sus películas. El valor de una historia, para ella, también está en que acompañe a alguien después de verla, como las películas de infancia que todavía recuerda.
“Yo siempre he querido hacer un cine de autor, pero que pueda conectar con el público”.
También quiere probar otro registro: una comedia completa. Reconoce que le parece más fácil hacer llorar que hacer reír, pero le interesa ese desafío. Su recorrido no le ha prometido certezas ni una producción tras otra. Le ha dejado una manera de trabajar: observar con atención lo cercano, aceptar las dudas, tomar decisiones y volver a escribir. Esa es la mirada que Carolina Hernández quiere seguir afinando.








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