Sentía que mi corazón latía más fuerte mientras caminaba rápidamente por la calle Chile, rumbo al Teatro Bolívar.  Cuando llegué, compré mi entrada en la coqueta boletería y entré entusiasmado al majestuoso hall de entrada de estilo Art Decó, me dirigí a uno de los ingresos, y al pasar por la pesada cortina de terciopelo -que es la última separación entre el mundo real y el de la mágica fantasía sentí un profundo estremecimiento por los recuerdos que vinieron a mi mente sobre las muchas historias que había escuchado a mis abuelos, padres, tíos y amigos, que vivieron la época de esplendor del colosal Teatro Bolívar. 

Ingresé a la sala principal del teatro y fui testigo de una entusiasmada conversación entre los hermanos Mantilla con el arquitecto Augusto Ridder, a quien confiaron la dirección de la construcción de la obra de arte, que fue diseñada por la firma Hoffman & Henon, ubicada en la norteamericana ciudad de Filadelfia “Mire arquitecto, dijo César Mantilla con firmeza, no escatime en nada, queremos que esta obra marque el inicio de una nueva era en nuestra ciudad.  Esto no lo vemos tan solo un negocio, queremos que sea nuestro legado”, al tiempo que su hermano Carlos asentía agregando que, en lo artístico, Quito debía estar a la altura de Lima y Bogotá, e inclusive de la bella Buenos Aires, asunto que fue música para los oídos de Augusto Ridder, arquitecto de la mayor parte de edificio patrimoniales no religiosos del Centro Histórico.

Corrían los años treinta y la conservadora capital, se había contagiado del ánimo mundial.  Había poco tiempo para el entretenimiento ya que la crisis de los países a donde llegaban nuestras exportaciones se encontraban casi paralizados por los efectos del coletazo de la Primera Guerra Mundial.  Nuestro cacao, el mejor y de mayor demanda en Europa tenía dificultades que finalmente llevaron al debilitamiento de los grupos de poder de la Costa y al fortalecimiento de los empresarios serranos.

En nuestro país, las salas de cine servían de entretenimiento para la clase adinerada, que no faltaba al estreno de las películas que llegaban al país.  Era costumbre que las familias acudan los domingos por la tarde al cine, y que los estrenos sean presentados en galas nocturnas en las que las damas vestían sus mejores vestidos, acompañados de caballeros que vestían sus fracs. 

El Teatro Bolívar fue concebido para ser el mejor de la capital, con la perspectiva de que no fuera únicamente una sala de cine, sino para que albergue obras de teatro, musicales, y conciertos de música.  Es así como contrataron a los mejores profesionales y no repararon en adquirir adelantados equipos de proyección y sonido, luminarias, y todo lo necesario para garantizar la calidad y versatilidad del teatro al que le dieron el nombre del Libertador, para poner la vara en el más alto nivel posible.

Mientras recordaba todo lo relatado, fui testigo de otra escena: era el 15 de abril de 1933 y el Presidente de la República, Don Juan de Dios Martínez Mera, comentaba entusiasmado con su Ministro de Gobierno, la belleza de las tallas del maestro Neptalí Martínez, lo impresionante del Foyer, y la estupenda acústica del teatro, mientras esperaba junto a todo el gabinete y el cuerpo diplomático, las palabras de César Mantilla Jácome por la inauguración formal del Teatro Bolívar, el mejor del país.

Luego de la inauguración se estima que diez mil personas acudieron al Teatro aquella semana, para asombrarse con la monumental obra, que unía en armonía perfecta el neoclásico de su fachada con los elementos decorativos de sus columnas y las baldosas del Hall de entrada y el Foyer y mirar la película “El Signo de la Cruz” que fue la primera de cientos de estrenos de las mejores películas, que se proyectaron en el bello escenario, que fue concebido para llenar un espacio cultural en la ciudad y al mismo tiempo, enfrentar una emergencia suscitada por la decisión del dueño de la Cadena de Cines Quito de no publicar sus anuncios en el diario El Comercio, de propiedad de la familia Mantilla.  “Si la decisión de la Cadena de Cines Quito es la de no publicar avisos en nuestro diario se mantiene, lo procedente es abrir nuestra propia cadena de salas de cine y utilizar a nuestro diario como medio de difusión” señalaba Carlos a su hermano, mientras ambos calentaban con sus manos sendas copas de coñac francés, mientras sobre el cenicero de fino cristal del escritorio, trazos de humo de habano danzaban hasta desaparecer.

Lo que comenzó como una agresiva estrategia empresarial, terminó siendo el proyecto de mayor atención y cuidado de los hermanos Mantilla, que se apersonaron del acometido, contratando a una de las mejores empresas de diseño del mundo y al más competente arquitecto de la época, para garantizar la belleza y funcionalidad del mejor teatro privado de nuestro país y la creación de todo un circuito de teatros y salas de cine denominado Empresa de Teatros y Hoteles de Quito.

Transcurrieron los años y de la depresión de los años treinta, el mundo entró -por poco tiempo- en una época de crecimiento económico y libertinaje en las principales capitales del mundo.

 En aquella época el cine tuvo especial adelanto en el que cambió el formato en el que se grababan las películas y aparecieron las divas que caracterizaron todo tipo de personajes que eran creados por un ejército de guionistas y dirigidos por talentos productores y directores artísticos.  En nuestro país se sintió el cambio de la economía mundial, reflejado en un importante crecimiento de las exportaciones y una mejora sustancial de las cuentas nacionales. Dicha mejora incrementó a su vez el poder en las familias de la pujante clase media, que para sentirse a nivel de la aristocracia quiteña, no escatima en gastar elegantes trajes de gala y participar de todos los actos sociales, entre ellos la vista semanal al Teatro Bolívar, en el que también se había aperturado el Wonder Bar, un restaurante ubicado en la segunda planta del teatro, que rápidamente se convirtió en el lugar de moda de las más bellas y distinguidas damas, acompañadas por elegantes caballeros con quienes alegres departían en una pasajera nube de opulencia y felicidad.

Llegaron los años cuarenta y en Europa se encendió la chispa de la Segunda Guerra Mundial, entre Alemania, herida por el castigo desproporcionado de sus vecinos, que encuentra en un carismático y perverso líder, la ruta para recuperar el orgullo de un pueblo que había sido golpeado una y otra vez.  La invasión de las fuerzas alemanas a Austria y posteriormente a Polonia, obligan a Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética a crear un frente para repeler los avances alemanes en Europa, África y Asia.  Pronto se unen al frente alemán Italia, Japón y una astuta España en donde acababa de culminar una dolorosa guerra civil. El bombardeo japonés al puerto de Pearl Harbor acaba de convencer al Presiente norteamericano Roosevelt de enviar sus tropas, y luego de una serie de tenebrosas batallas, los aliados finalmente toman control de Europa. Con el fin de poner fin a la guerra del Pacífico, por primera ocasión se utilizan dos bombas atómicas que destruyen por completo las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en Japón. La guerra termina e inicia un largo período en el que el mundo vive una bipolaridad, entre las dos principales potencias: los E.E.U.U. y la Unión Soviética, cosa que influye de manera trascendental en todas las expresiones artísticas.

En nuestro país, el doctor José María Velasco Ibarra había sido elegido Presidente de la República, con lo que se marca el inicio del populismo en nuestro país, el “profeta” como llamaban al Dr. José María Velasco Ibarra, por su capacidad por adelantarse a los acontecimientos políticos, se convierte en un asiduo visitante del teatro Bolívar, en donde ocupaba el palco Presidencial junto a su amada esposa Doña Corina Parral de Velasco Ibarra, dama culta y amante de las artes.

En los años cincuenta y sesenta, Quito tuvo un crecimiento lógico, apareciendo barrios nuevos hacia el norte, hasta la hacienda “La Carolina” en donde se había construido un hipódromo frecuentado los fines de semana.  La Mariscal se convirtió en el barrio de preferencia de las clases pudientes, en donde se construyeron amplias casas con jardines y calles empedradas; sin embargo, las actividades financieras y comerciales se mantuvieron en el Centro Histórico.

En 1960, el Teatro Bolívar,  fue declarado parte del patrimonio cultural de la Humanidad, en aquella época Quito contaba con una buena cantidad de salas de cine y el Teatro Sucre ofrecía una variedad de espectáculos musicales y teatrales; sin embargo, el Teatro Bolívar, con su monumental edificación, su sala que contaba con dos mil cuatrocientas butacas, su impresionante hall de entrada y el Wonder Bar, que había sido inaugurado en la primera planta, era el lugar de preferencia y moda, para toda la sociedad quiteña, que disfrutaba de los cocteles y de los mejores ceviches de la ciudad.

Pasaron los años, la ciudad creció sin planificación, la actividad financiera y comercial se trasladó al norte y el Centro Histórico quedo para la visita de turistas y comercios minoristas, a pesar de que el Palacio de Carondelet, sede del Ejecutivo; el Palacio Arzobispal, sede de la iglesia católica; y el Palacio Municipal, se mantuvieron y con ello una cantidad de pequeños restaurantes para atender a la burocracia que labora en el sector.

En el año 1983 Teatro es alquilado a una empresa únicamente para la proyección de películas, que lo devuelve diez años después destruido. Gracias a un préstamo se reconstruyó el edificio, entra en operación, pero lamentablemente, el 8 de agosto de 1999, una fuga de gas de un local de comida que ocupaba uno de los locales del teatro causó un dantesco incendio que, muy a pesar de los esfuerzos de los bomberos, acabó con el setenta por ciento del maravilloso teatro, ocasionando la consternación de toda la ciudad.

 

Los dueños del teatro no se dieron por vencidos y se acuñó la frase “El Teatro no ha muerto, solo se incendió” con el apoyo del Fondo de Salvamento, el World Monument Fund, los gobiernos belga y alemán, y muchas donaciones particulares de personas que amaban el Teatro Bolívar y la producción de eventos que se organizaban al descubierto, ya que el techo se destruyó por completo, se logró nuevamente levantarlo altivo.

Así en el 15 de abril de 2002 se crea la Fundación Teatro Bolívar, que hasta la actualidad se ha hecho cargo de mantener de modo excepcional el inmueble, organizando una infinidad de obras de teatro, danza y conciertos de música, bajo la apasionada y acertada dirección de Rosa Victoria Pardo Noboa.

Terminé de correr el pesado terciopelo y escuché las melódicas notas de una de las canciones que me han acompañado siempre:

Necesito alguien que me emparche un poco
Y que limpie mi cabeza
Que cocine guisos de madre, postres de abuela
Y torres de caramelo

Que ponga tachuelas en mis zapatos
Para que me acuerde que voy caminando
Y que cuelgue mi mente de una soga
Hasta que se seque de problemas y me lleve

Y que esté en mi cama viernes y domingo
Para estar en su alma todos los demás
Días de mi vida

Y que me quiera cuando estoy, cuando me voy
Cuando me fui
Y que sepa servir el té, besarme después
Y echar a reír

Y que conozca las palabras
Que jamás le voy a decir
Y que no le importe mi ropa si total
Me voy a desvestir
Para amarla
Para amarla

Sí, era Nito Mestre en el más hermoso de los teatros, el gran Teatro Bolívar, que esa noche se había engalanado para recibir a ese grande de la música, como tantas veces recibió a los mejores actores, danzarinas y compositores, y ahora que termino este artículo recuerdo la frase que más me impactó cuando investigaba para escribir algo que tuviera sentido: “El Teatro Bolívar nunca murió, solamente se incendió”. Nos toca ahora incendiarlo con el fuego de nuestro amor por el arte y por quienes hacen milagros para promocionarlo y mantenerlo vivo.

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